Amigos en realidades inciertas
Cuando alzamos la mirada al cielo nocturno, percibimos una serenidad centelleante. Todo parece estable, inmóvil. Como si nada se moviera. Todos necesitamos cierta estabilidad, incluso quienes viven desde la creatividad. Contar con coordenadas seguras abre un espacio en el que desplegarse.
Cuando alzamos la mirada al cielo nocturno, percibimos una serenidad centelleante. Todo parece estable, inmóvil. Como si nada se moviera. Todos necesitamos cierta estabilidad, incluso quienes viven desde la creatividad. Contar con coordenadas seguras abre un espacio en el que desplegarse.
Sin embargo, esto es una ilusión. La Tierra gira sobre sí misma a una velocidad de 1.600 km/h. Orbita alrededor del sol a una velocidad aún mayor, de 100.000 km/h. Y nuestro sistema solar se desplaza en torno a su centro a una velocidad de 1.000.000 km/h. Vivimos en una montaña rusa cósmica. Y, sin embargo, no hay billete para subir a ella. No hay entrada ni salida. Simplemente estamos en ella. Ni siquiera existe esa supuesta partícula mínima de la materia que, en teoría, lo sostendría todo.
Cuanto más nos acercamos a las dimensiones más pequeñas, más se disuelven. Materia y energía son dos caras de una misma moneda. Pero al aproximarnos, advertimos que ni siquiera esa moneda existe. Todo esto se refleja en el ser humano. Este mundo extraño se refleja en nosotros. No hay coordenadas seguras. No es extraño que las personas se sientan desorientadas. Reaccionan de distintas maneras ante esta situación. Algunos emprenden una búsqueda de la verdad. Otros se horrorizan y se refugian en la negación. Ambos navegan en aguas turbulentas. Pero si nada es estable, quizá ni siquiera esas aguas turbulentas sean reales. Tal vez tampoco nosotros lo seamos. Vivimos en una montaña rusa surreal dentro de dimensiones inciertas.
Se supone que el arte capta la vida, que refleja la realidad, que nos inspira y nos eleva. Pero ahora nos preguntamos: no hay una única realidad. Existe un ámbito que escapa al alcance de nuestros cinco sentidos. ¿Cómo habitar un flujo vital tan vibrante y, al mismo tiempo, tan desconcertante? Preguntemos a quien sabe. Preguntemos al artista. Preguntemos a Rafel Bestard. Él nos invita a activar un sexto sentido.
Ese sentido es la amistad. Los amigos son coordenadas estables. Nos sentimos acogidos y cuidados cuando permanecen a nuestro lado. Son como las estrellas que brillan en el cielo nocturno.
Rafel Bestard es un hombre de ese sexto sentido. Está rodeado de amigos que, juntos, afrontan las realidades más retorcidas. Este conjunto de obras es una celebración de la amistad. Cada pieza muestra a un amigo de Rafel. Pero no posan como para una imagen en Instagram. Son captados en momentos de alegría, de desconcierto, de frenesí, de amor y de desesperación. Cada uno cuenta su historia como quien comparte comida en un bufé común. Al compartir esos momentos, estos individuos se transforman en algo nuevo. Alcanzan un estado de disolución más elaborado. Se convierten en esa moneda que desaparece. De pronto se encuentran en una realidad más amplia, más allá del alcance de las leyes de la física y de las normas del comportamiento correcto. Ese es el verdadero lugar donde celebrar la vida.
Así, las distintas obras de Rafel Bestard comienzan a comunicarse entre sí. Los amigos salen del lienzo, llenan la sala e invitan a todos a participar en ese desbordamiento.
Su estilo pictórico está a la altura de los grandes maestros. Parece real. Colores terrestres, personas reales captadas en actividades que van desde compartir momentos cotidianos hasta las contorsiones más absurdas. Personas que intentan escapar de la gravedad y, al mismo tiempo, manifiestan una extraña gravedad interior. Personas que se ridiculizan y, a la vez, parecen los profetas más lúcidos. Todos comparten, generando un flujo incesante, como quien cabalga las olas de la vida. Lo que vemos es la cornucopia de las observaciones y experiencias de Rafel Bestard: pensamientos y emociones, tierra y cielo. Esta abundancia, unida a su maestría artística, no solo produce lienzos, sino que crea espacios habitables. Espacios de celebración, de alegría y de paz, en medio de una montaña rusa que no deja de girar.
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