Still painting

Pau Pedragosa
Marzo 2026

Rafel Bestard todavía pinta. Este hecho aparentemente superficial tiene más importancia de la que puede parecer a primera vista pues la perseverancia de seguir pintando logra no sólo arraigar su obra en la larga tradición del arte pictórico, sino que además la renueva y revitaliza en el presente

Rafel Bestard todavía pinta. Este hecho aparentemente superficial tiene más importancia de la que puede parecer a primera vista pues la perseverancia de seguir pintando logra no sólo arraigar su obra en la larga tradición del arte pictórico, sino que además la renueva y revitaliza en el presente, y tanto el arraigo como la renovación son hoy muy necesarios, incluso urgentes. La importancia del arraigo radica en que ofrece un anclaje, un referente de orientación frente a la avalancha de imágenes, las tendencias siempre cambiantes del mundo del arte, la dispersión, desorientación y aceleración generalizadas de nuestro tiempo. Pero si la pintura no quiere convertirse en un gesto vacío, mera repetición estéril o, incluso, anacronismo ingenuo, el arraigo no es suficiente; si algún sentido debe tener hoy seguir pintando es el de hacer operativo en el presente el rico legado de la historia de la pintura, darle plena vigencia, convertirla en una fuerza viva y actuante. Pero renovar esta tradición presenta una enorme dificultad pues se encuentra disponible en el gran archivo museístico de la memoria que, a pesar de tener el indudable aspecto positivo de conservar tan valioso legado, tiene inevitablemente el efecto negativo de que su efecto de exhibición” los cosifica, los convierte en fetiches turísticos o de consumo y desactiva su potencial emancipador en el presente. Sólo revitalizando las obras, despertándolas de su letargia en el archivo, podrán liberar su potencial y despertarnos ellas también a nosotros, sonámbulos en medio de la dispersión, la desorientación y la aceleración. Esto es lo que consigue Bestard con su obra: renovar la tradición pictórica haciéndola viva en el presente y erigirse a sí mismo en heredero legítimo. Como intentaremos explicar a continuación, sus cuadros son capaces de renovar esta herencia porque intentan obsesivamente revelar la esencia de la pintura y, por tanto, de toda pintura en su enorme diversidad histórica y posibilidades formales. La importancia de la obra de Bestard reside en que nos enseña cómo mirar y entender un cuadro y, con la mirada formada, podemos responder al reto que nos pone cualquier otra obra pictórica de la tradición: la podemos despertar de su letargo en el archivo, convertirla en algo vivo para que pueda liberar su potencial. ¿Cuál es ese potencial latente en la pintura? ¿Qué vida debemos despertar en ella? ¿Qué secreto nos revela? En una palabra: ¿Qué es la esencia de la obra pictórica? Podemos responder a estas preguntas aprendiendo a mirar los cuadros de Rafel Bestard.

Sus cuadros son figurativos y de un intenso realismo, representan a chicos o chicas, jóvenes o adultos, animales, marinas o paisajes que se encuentran en unas situaciones, o configuran unas escenas, sólo parcialmente comprensibles; cargadas de ambivalencia, esconden algo enigmático. No sabemos reconstruir el sentido de lo que hacen las figuras humanas o animales, por qué están en las posturas que adoptan o en los lugares donde se encuentran. No sabemos qué precede a estas situaciones o qué podría ocurrir a continuación. Obviamente, como en toda pintura, lo representado está inmovilizado en un instante, congelado en el tiempo, pero como advirtió Lessingel artista sabe captarlo en un instante pregnante, preñado de posibilidades. Una narración explicaría y desvelaría sus misterios pero en la pintura sólo se insinúan veladamente, abren un abanico de posibilidades. La intensidad y al mismo tiempo la incertidumbre de este momento tensionado en el tiempo nos provoca una inquietud que tiene un efecto magnético y nos incita a seguir mirando. Éste es el primer aspecto estético de gran relevancia: la duración indefinida de la contemplación de los cuadros opuesta al tiempo determinado de los actos comunicativos. Los signos, una vez comprendidos ya han cumplido su función, la duración de la comunicación es la de la captación del significado: “ha hecho comprender: ha vivido; por el contrario, el arte no muere por haber vivido” (Valéry); en efecto, el arte no muere, no se agota, en la contemplación –como a menudo ocurre en los museos, pasando de un cuadro a otro, registrando sólo lo que representasino que vive gracias a la contemplación, la mirada del espectador le da vida y ambos, obra y espectador, se sostienen juntos y se enriquecen mutuamente.

La inquietud que nos despierta la representación es la estrategia de Bestard para atraparnos en el mundo de fantasía de los cuadros, en el tema” representado, entrar en ellos y seguir las reglas de su juego. Y a partir de ahí nuestra mirada empieza a cambiar para convertirse en contemplación propiamente estética, entonces ya no simplemente “miramos el cuadro”, sino que miramos “dentro” del cuadro, habitamos su mundo y nos dejamos guiar por él: miramos “según” el cuadro y “con” el cuadro. La mirada que se acerca y se deja orientar por el cuadro no puede ser una mirada ya constituida y segura de sí misma, puesto que impondría sus concepciones previas y no reconocería en el cuadro más que sus propias marcas; una mirada de este tipo, una mirada fuerte y dominante, enmarca el cuadro dentro de sus prejuicios en lugar de dejarse enmarcar y guiar por el propio cuadro. Lo contrario de una mirada fuerte, constituida, terminada, no es una mirada débil o dispersa, sino una en proceso de constitución, que no se afirma imponiendo sentido, sino que lo busca, una mirada interrogadora que se deja sorprender, quiere aprender a mirar cómo mira al artista y acepta dejarse llevar por el cuadro y el mundo que abre ante él. Nos encontramos así conducidos a examinar con más detalle la superficie del cuadro y reconstruir su génesis a través de las pinceladas, rehacer el camino del artista y, entonces, descubrimos la exuberancia material, la textura física del cuadro, el grosor de la pincelada y la riqueza de colores.

El cuadro mismo nos ha conducido a poner la atención en su superficie pictórica de pinceladas que es el estrato original del acto pictórico, pero aquí aparece un obstáculo que debemos vencer si queremos seguir jugando el juego del arte pictórico pues una vez desviada la atención de las figuras representadas (un muchacho, un perro, un árbol) para mirar el detalle de las pinceladas de pintura, puede llevarnos fácilmente a considerar el cuadro como una simple cosa física, un objeto material un cuadro colgado en la pared con manchas de pintura encima. Pero si nos mantenemos en su interior, en su hechizo, si persistimos en la contemplación estética, se nos revelan las pinceladas no como material de cierta composición química u otras propiedades de las cosas físicas sino como sensaciones o materia sensible, propiamente estética hecha de contrastes y ritmos visuales y táctiles de tonalidades, texturas y luminosidad, con las que emergen las primeras formas reconocibles: el pliegue de un traje, la espuma de una ola, un ojo. Descubimos el “cuerpo” de la pintura, un submundo totalmente nuevo, salvaje, una superficie sensible de mezclas de colores y combinaciones de formasen estado naciente, formas en formación –forma formans (lo que los fenomenólogos llaman “materia originaria” o “carne”). En esta materia translúcida, el material opaco comienza a hacerse transparente y se constituyen la forma y el sentido.

Una mirada cercana y atenta a los detalles de los cuadros de Bestard verá en este nivel una especie de “plano abstracto” entendido como el plano primordial, fundamento frágil y ansioso de forma, donde el artista comienza a instaurar un mundo. El cuerpo de la pintura, su textura táctil y visual, vibrante de vida, se nos muestra en primer plano y revela la gestualidad del cuerpo del artista: el movimiento coordinado de la mano que siente y el ojo que mira que hace aparecer las primeras formas o, más bien, connatos de formas emergiendo de la extensión sensible de los colores. Justo aquí es donde el artista pinta, no la apariencia de algo, sino su aparecer, la génesis de las cosas, el evento del surgir y manifestarse de las formas. Dicho de otro modo: el artista no pinta sólo un objeto (una chica saltando, un hombre con la boca abierta), sino cómo miramos un objeto, cómo opera la mirada para llegar a ver un objeto. Los cuadros de Bestard, y éste es el aspecto crucial, nos muestran la mirada en acción que es idéntica al pintar en acción; para el artista, pintar y mirar son lo mismo, y en esto reside la esencia de la pintura, de todas las obras pictóricas recogidas y archivadas como historia del arte. Con un alto grado de reflexión pictórica consciente, el artista logra que los cuadros sean testimonio de su propia génesis y muestran así la esencia de la pintura, cómo las cosas llegan a aparecer bajo su mirada, y nosotros, los espectadores, debemos reconstruirla con la nuestra, aprendiendo así a mirar. La superficie pictórica, el plano primordial, la materia translúcida del juego de pinceladas, es el lugar privilegiado de esta reflexión del ojo que mira y la mano que siente.

Este estrato-origen de la pintura es el que descubrieron las Vanguardias históricas con entusiasmo revolucionario y lo llamaron abstracción”. La función histórica del cuadro abstracto de las primeras décadas del siglo XX fue eliminar la figuración para pintar directamente el plano primordial, pintar la forma en que miramos las cosas antes de que éstas aparezcan, cómo el mundo va apareciendo bajo la mirada. También el Expresionismo siguió este camino pero, de forma muy parecida al camino que toma Bestard, sin abandonar la figuración. Pero este crucial episodio de la pintura agotó sus posibilidades históricas, se hizo auto-referencial, perdió el mundo de vista y terminó en un hermetismo que el mercado del arte explotó como motivo decorativo depurado de su fuerza revolucionaria, creativa y espiritual. La obra de Bestard en cierto modo aprende de las Vanguardias y del Expresionismo para recuperar y mostrar con plena conciencia esta superficie como la capa genética e históricamente primera de la pintura, como la fuente de donde bebe y el fondo de donde emerge la representación figurativa. En este sentido, la pintura de Bestard nos permite mirar cualquier cuadro figurativo de la historia del arte, no entendido como copia de algo existente o como documento histórico, sino como el operar de la mirada mediante la que aparece un mundo.

Es singular de su obra y un motivo recurrente tanto en los paisajes como en las escenas humanas o de animales, un fondo neutro muy marcado, mayoritariamente oscurecido pero en ocasiones de un blanco denso e intenso, como un aura que envuelve las figuras pero que también, siguiendo la vieja técnica del sfumato, se mezcla y se confunde con ellas. Así insiste, a otro nivel de la representación, en el mismo motivo que anima toda su obra, el de hacer visible el operar de la mirada que, en este caso, consiste en mostrar el contraste entre la forma definida y el fondo indeterminado, y cómo una emerge del otro, una ley esencial de la percepción que reveló la psicología de la Gestalt. Los cuadros tensan la mirada del observador en una doble dirección: una va desde la representación inquietante, que es la puerta de acceso a su arte y nos permite habitar el mundo de sus cuadros, hasta el fondo del plano primordial y abstracto del que emergen estas figuras y el mundo inquietante que habitan. La otra dirección toma sentido contrario para recuperar la figuración. Esta tensión de la mirada que es, a la vez, la acción de mirar y el evento del aparecer de las cosas–, éste ir y venir de la génesis de la forma a la forma formada –de la forma formans a la forma formata– es constante y despliega una duración sin fin, sin conclusión, la que define la experiencia estética como tal.

Los cuadros de Rafel Bestard ni son copias que registran cómo es el mundo, ni son pintura-espectáculo de consumo rápido, no están hechos para ser simplemente vistos, sino para ser mirados con detenimiento siempre y cuando aceptemos jugar su juego que no es otro que aprender a mirar, entender cómo la mirada forma la realidad. Para conseguirlo debemos liberarnos de prejuicios, de hábitos adquiridos, de automatismos y de fórmulas fáciles y son precisamente sus cuadros los que liberan nuestra mirada. En este sentido radical y auténtico de la educación de la mirada, las obras de arte tienen un efecto emancipador y crítico de la realidad, ya que nos despiertan del sueño cotidiano del consumo rápido, el diluvio de imágenes, la dispersión y el automatismo. Éste es el secreto, el potencial latente de la pintura que descubrimos sólo si la sabemos mirar, si nuestra mirada, guiada por la propia obra, le da vida, la libera del archivo histórico y, como regalo, nos libera también a nosotros. La obra de Rafel Bestard arraiga de este modo en la tradición histórica de la pintura, la renueva en el presente, le da plena vigencia como una fuerza viva y emancipadora, erigiéndose ella misma en digna sucesora.

Rafel Bestard sigue pintando y el mundo del arte debe celebrarlo.

(...)


Vuelve a About